TEMA: V Centenario
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Isabel la Católica (1451-1504). Hija de Juan II de Castilla y de Isabel de Portugal, reinó desde 1474 hasta 1504. Se casó en 1469 con Fernando II de Aragón y tuvieron cinco hijos.

HOMENAJE EN EL CENTENARIO DE SUS MUERTES

Dos Isabeles que cambiaron España

Ambas marcaron para siempre nuestra Historia. Isabel la Católica apoyó decisivamente el descubrimiento de América, impulsó la Reconquista y expulsó a los judíos y los mudéjares de España. Isabel II inauguró las monarquías constitucionales. La primera murió el 26 de noviembre de 1504, en Medina del Campo, en pleno apogeo de su reinado; la segunda –de cuyo fallecimiento se cumple este fin de semana su centenario–, el 9 de abril de 1904 en su exilio parisino. Para homenajear las figuras de ambas, Magazine ha encargado al historiador Manuel Fernández Álvarez y a la periodista y escritora María Teresa Álvarez novedosas semblanzas de estas dos mujeres.

Isabel II (1830-1904). Hija de Fernando VII y de María Cristina de Borbón. Al morir su padre accedió al trono; tenía tres años (reinó hasta los 38). Se casó con Francisco de Asís en 1846 y tuvieron nueve hijos.


500 años de su muerte

Isabel la Católica, genial y ambiciosa

A los 17 años, esta infanta que no había nacido para reinar decidió Isabel II (1830-1904). Hija de Fernando VII y de María Cristina de Borbón. Al morir su padre accedió al trono; tenía tres años (reinó hasta los 38). Se casó con Francisco de Asís en 1846 y tuvieron nueve hijos.convertirse en monarca. Consiguió ser proclamada princesa heredera, se casó con quien quiso y luchó para que nadie, ni siquiera su esposo, pusiera en duda que ella era la propietaria de Castilla.

por Manuel Fernández Álvarez. fotografías de Rosa Muñoz

Siendo Isabel la Católica uno de los más grandes personajes de nuestra Historia, si no el más grande, se podría pensar que la labor de nuestros historiadores habría dejado en claro todo su perfil, tanto físico como moral, así como los principales aspectos de su tarea como gobernante. Sin embargo, en no pocos casos las dudas subsisten, con lo cual la polémica siempre está en el aire. Empezando por su porte físico y por su carácter. ¿Ante quién estamos? ¿Era hermosa la reina? ¿Qué dicen los contemporáneos? ¿Cómo aparece en sus cuadros y en sus estatuas? Y en cuanto a su carácter habría menos dudas: tenemos por cierto que fue mujer animosa, de temple viril, como la señalan sus cronistas. Pero, ¿siempre? ¿No acusó nunca algún recio temor?

Trataremos de ahondar sobre ello, porque en este apartado habría que meter sus relaciones con Fernando, con sus fuertes escenas de celos; ahora bien, los celos suponen, entre otras cosas, inseguridad en las relaciones amorosas, dudas no sólo sobre la pareja, sino también sobre el propio comportamiento, la propia capacidad para amar y para ser amada, y no desplazada por la rival de turno. Esto es, los celos son también recelos; para Isabel, celos de su hombre, como diría una mujer del pueblo, de aquel Fernando que tan mujeriego era y ya desde muchacho, desde antes de conocerla; pero también recelos sobre ella misma, sobre si el paso de los años la había hecho perder su capacidad de seducción. Con lo cual se nos viene al punto una sabrosa pregunta: ¿Nos imaginamos a Isabel como una gran seductora? ¿Fue mujer capaz de despertar grandes pasiones?

Eso, por un lado. Pero no deberán quedar ahí nuestras pesquisas. También deberemos acercarnos a la mujer de Estado, al quehacer de la gran reina para vislumbrar algunos aspectos poco o mal conocidos en torno a su escalada al poder.

Empecemos, pues, con el aspecto físico de la reina. ¿Era hermosa Isabel? En nuestra retina campea la imagen más conocida de la reina, aquélla que nos ofrece el pincel de Juan de Flandes, en el cuadro que custodia la Real Academia de la Historia. Y ciertamente, esa mujer tiene empaque, tiene grandeza, pero no tiene belleza: sin duda, los años no han pasado en balde y han dejado su huella. El tiempo ha destruido, con amarga indiferencia, aquello que de hermoso pudiera haber existido en Isabel.

Pero seamos justos. Tampoco le favorece su atuendo monjil, esa toca con que se cubre la cabeza. Además, una doble barbilla incipiente, las bolsas bajo los ojos y los mofletudos carrillos muestran, crueles, el paso de los años. Por lo tanto, estamos ante la reina en la última etapa de su vida. Pero, ¿fue siempre así? Para saberlo no nos ayudan demasiado los cronistas en sus descripciones, porque lo hacen teniendo ante sí a la reina en la cumbre de su reinado. Así, Fernando del Pulgar no nos describe tampoco a una mujer hermosa, sino sólo que era de buen porte.

“Esta reina –nos dice– era de mediana estatura, bien compuesta en su persona, muy blanca e rubia...”. (1)

Es preciso acudir a los artistas que la pintaron cuando era joven. A este "La Virgen de la Mosca". Cuadro flamenco de principios del siglo XVi en que aparece Isabel de Castilla en actitud de estudiar.  Existente en la colegiata de Santa María la Mayor, de Toro - (Zamora)respecto el cuadro más significativo esel que posee la Colegiata de Toro, el cuadro anónimo, pero de la escuela flamenca, que se conoce como el de La Virgen de la Mosca.

Se trata de una auténtica obra maestra, compuesta en las últimas décadas del siglo XV. Se ha discutido si la joven devota representada a los pies de la Virgen es la figura de una santa o de la reina Isabel. Para mí no cabe duda alguna. Tanto la cabeza, adornada con la corona regia, como la espada que asoma bajo el manto nos señalan con toda precisión que no sólo se retrata a una reina joven, sino a quien, como dueña del símbolo de la justicia, es una reina propietaria, no una reina consorte. Y ésa, en la Europa de fines del siglo XV, no puede ser otra que Isabel de Castilla, que en diciembre de 1474, cuando se proclama como tal en Segovia, en la solemne ceremonia que recorre las calles de la ciudad, se hace preceder por un noble, Gutierre de Cárdenas, portador de la espada, como símbolo de que ella es la soberana que ha heredado el trono y a la que corresponde por lo tanto impartir justicia. Que de tal modo nos describe la escena el cronista, en este caso Diego de Valera: “Éste llevaba delante de ella –la reina– una espada desnuda de la vaina...”.

¿Y eso, qué sentido tenía? ¿Qué valor le daba aquella sociedad? El cronista nos lo precisará: “... Para demostrar a todos cómo a ella correspondía castigar a los malhechores, como reina de estos reinos y señoríos...”. (2)

Merece, pues, la pena que nos centremos en este cuadro. ¿Con qué nos encontramos? Con una joven reina en la plenitud de su belleza, con una amplia cabellera rubia que le cuelga por los hombros, vestida con un hermoso traje de generoso escote, al gusto renacentista, si bien llevando el busto cubierto por una fina blusa blanca con pliegues. A la reina se la presenta sentada en una silla baja, con la mirada reflexiva, con el libro de la sabiduría abierto en su regazo. Y lo que es más significativo, como ya hemos señalado con la espada, símbolo del soberano que imparte justicia, asomando a los pies.

No sabemos quién fue el autor de este delicioso retrato. Por entonces, hacia ?48?, sabemos que Isabel se hizo retratar por un pintor joven venido del norte de Europa, Michiel Sithium o Sitow, del que el Kunsthistorisches Museum de Viena posee una hermosa tabla, que es el retrato de la infanta Catalina, futura reina de Inglaterra. Y lo que es más importante: en el inventario de las obras de la pinacoteca que tenía Margarita de Austria en Bruselas aparece esta reveladora cita: “Una tablita de la cabeza de la reina doña Isabel en su edad de XXX años, hecha por el maestro Michiel”. (3)

Juventud. Por lo tanto, tenemos la prueba documental de que hacia ?48? la reina, en aquella tregua que parece darle la vida, una vez superada la guerra civil, en aquella lucha contra los partidarios de la princesa Juana, y cuando todavía no se había iniciado la dura guerra contra el reino nazarí de Granada, que la tendría tan atada la década siguiente, quiere hacerse retratar. En ese momento, y en esa edad tan peculiar como es cuando se alcanza la treintena, la reina está en un plácido momento y quiere ser perpetuada por el arte.

¿Y no es ésa la edad que aparenta la joven reina del cuadro que posee la Colegiata de Toro? Ciertamente que no deja de asombrar que acabe en ese destino, en Toro, y no siguiera perteneciendo a las obras de arte que custodiaba la Corona. Pero también para esto existen indicios razonables. Pues ocurrió que a la muerte de la gran reina, la mayor parte de los cuadros de su colección salieron a la venta, y precisamente en Toro (4). Eso explicaría el que alguno de ellos quedase en la ciudad, acaso el que ahora nos interesa, por propia donación de la reina a la Colegiata. Era un lugar muy peculiar en la geografía sentimental de la reina. En Toro había ganado su marido, el rey Fernando, aquella batalla decisiva que había despejado todas las dudas sobre quién sería la reina de Castilla.

Recordemos la carta de Fernando en la que daba cuenta a la reina de aquella notable victoria: “Haced cuenta de que en esta jornada Nuestro Señor os ha dado toda Castilla...”. (5)

Por lo tanto, podemos volver al cuadro de La Virgen de la Mosca. Porque aquí sí que estamos ante una hermosa joven, en la plenitud de su belleza, una joven rubia, blanquísima de cutis, con la mirada concentrada, como si meditara en algún gran proyecto, con un libro abierto en su regazo, en el que señala con sus dedos un pasaje. Es la estampa de una joven reina, segura de sí misma, sabia y justiciera.

Por lo tanto, Isabel, dueña de su destino, cuando frisa los 30 años. Y aquí sí que tenemos ante nosotros, antes de que el tiempo hinque sus feroces dientes, una bella, hermosa, seductora mujer, muy blanca y muy rubia, tal como la querían y la cantaban los poetas del Renacimiento, en sus versos a sus enamoradas. Admitamos, pues, y de buen grado, que Isabel fue hermosa en su juventud. ¿Capaz, incluso, de despertar pasiones? Pues hasta ese punto, si hemos de creer a su joven marido, el rey Fernando, por sus lamentos cuando se veía obligado, a poco de su matrimonio, a dejar a la amada para visitar en solitario alguna parte del Reino, por obligaciones de Estado.

En efecto, existe en ese tiempo un lamento de Fernando, poco conocido, en el que se trasluce la pena del enamorado por dejar atrás a su amada.

El recuerdo de la amada le impide conciliar el sueño: “... No puedo dormir...”. (6)

Además, le llegaban correos de la Corte, pero sin cartas de la reina. ¿Eso cómo había que entenderlo? “... sin cartas se vienen...”.

Es la queja desconsolada de Fernando. Y añade, apuntando sus celos: “... no por mengua de papel ni de saber escribir, salvo de mengua de amor...”.
¿Podía creerse? ¿El amor ya era fruta perdida, agua pasada? Fernando no lo puede admitir. Todo tendría que volver a sus principios, todo tendría que ser como antes. Y exclama, esperanzado: “... Algún día tornaremos en el amor primero...”. (7)

Los celos de Isabel vendrían después. En esos primeros años, ella es la mujer altiva, la gran vencedora, la hermosa princesa que reinaba no sólo en Castilla, sino también en el corazón del rey Fernando.

En cuanto a la escalada al poder de aquella infanta que parecía que no había nacido para reinar, pero que pronto iba a demostrar a propios y extraños que estaba dispuesta a ello, y con la mayor entrega, apreciamos tres momentos decisivos: el primero, cuando arranca de su hermanastro Enrique IV, en las Vistas de Guisando, que la reconozca como princesa heredera del trono, postergando a la princesa Juana, pese a que era la hija del monarca; el segundo, cuando impone su boda con el príncipe Fernando de Aragón, enfrentándose al rey, que preparaba para ella otros esponsales: los negociados con Alfonso V de Portugal, que hubieran llevado rápidamente al trono a Isabel, pero como reina consorte y desplazándola a la corte de Lisboa, junto a un monarca ambicioso que le doblaba la edad. Eso hubiera sido anular los planes de Isabel, alejarla de Castilla, donde ella tenía su fuerza, y convertirla en comparsa de lo que se decidiera en la corte portuguesa.

Otro era el protagonismo que anhelaba Isabel, y sobre ello volveremos. Porque antes debemos apuntar al tercer momento en la impresionante escalada de la otrora infanta de Castilla al trono; y es su proclamación como tal, a la muerte de Enrique IV, en ausencia de su joven marido, Fernando, a la sazón en tierras de Aragón, lo que llevaría a una delicada crisis en el matrimonio resuelta admirablemente en la llamada Concordia de Segovia. Desde ese punto y hora, desde ese momento en que Isabel se ve en el trono, en armonía con Fernando, puede afirmarse que empieza su verdadero reinado. Tendrá que afrontar no pocos graves problemas de Estado, pero de todos saldrá airosa, y de tal forma, que provocará la admiración tanto dentro de España como en el resto de la Europa occidental.

Asistamos, pues, a lo más llamativo de esos últimos acontecimientos que acabamos de señalar: al de su boda, con Fernando, primero, y al de la brillante superación de la crisis matrimonial con esa Concordia de Segovia, que hemos citado.

El matrimonio, en primer lugar. Algo que hoy podría considerarse como cuestión sencilla, privativa de los que desean realizarlo, cuándo, cómo y con quien quieran hacerlo; pero nunca lo ha sido, tratándose de una boda principesca, y menos en aquellos tiempos, entre medievales y modernos. De entrada, Isabel parecía sujeta a lo que dictase en ese apartado su hermanastro, el rey Enrique IV, conforme a lo acordado en las Vistas de Guisando, dado que allí se había especificado, sin dejar lugar a dudas, que la princesa Isabel no se casaría sin mediar el consentimiento del rey, aunque añadiendo que teniendo en cuenta también la libre voluntad de la princesa. Cláusula ambigua, que podía conciliarse con un pretendiente aceptado por todos, pero que podía también provocar un conflicto en el que ambas partes se llamaran a engaño.

Jugada estratégica. Como es bien sabido, el conflicto estallaría. Isabel, en su simulado cautiverio de la Corte enriqueña, tuvo noticias de cómo se fraguaba a sus espaldas la boda con Alfonso V de Portugal. Apoyándose en que eso vulneraba los acuerdos de Guisando, puesto que nadie había pedido su conformidad, negoció a toda furia la boda con su primo Fernando, con unas condiciones que le permitieran tomar todo el protagonismo político que ella ambicionaba y sin salir del reino que era su centro natural: Castilla.

Pero surgió una dificultad, que hubo que vencer con audacia: se trataba de que el parentesco entre los dos príncipes –eran primos segundos– obligaba a dispensa expresa del Papa. Ahora bien, Paulo II –que era entonces el Papa reinante– ya había expedido una licencia similar para la boda, no de Isabel con Fernando, sino de Isabel con Alfonso V de Portugal, con el que también tenía parentesco la princesa castellana. El Papa la había mandado a petición del rey Enrique IV. ¿Cómo iba a enviar ahora otra, tal como pedía la diplomacia isabelina? ¡Hasta podía pensarse que en Roma se fomentaba la bigamia!

De ese modo, la negativa romana ponía a Isabel en una difícil situación. Frente a las presiones de Enrique IV se trataba de actuar con rapidez, con la política de los hechos consumados. ¿Habría que esperar a que un nuevo Papa concediese lo que tan obstinadamente se negaba a dar aquel Paulo II? Evidentemente, y aunque la media de vida de los papas en la época del Renacimiento fuera muy baja, ésa no era la salida. ¿Qué hacer entonces? Algo eficaz y urgente, aunque conllevara un alto riesgo: fabricar una bula falsa.

No sabemos bien a quién se le ocurrió la idea, pero lo que sí hay que dar por seguro es que tanto Isabel como Fernando estuvieron al tanto de ello y lo aprobaron. ¡Cómo no iban a darse cuenta de que la bula que se manejaba estaba firmada por otro Papa, en este caso, Pío II, que había muerto cuatro años antes! ¿Censuraremos a Isabel, a aquella joven princesa de 18 años, por ello? ¡Al contrario! Para mí, con ello estaba demostrando su talento político, su firmísima voluntad de superar los mayores obstáculos, en aquel momento tan trascendental de su existencia (tanto bajo el punto de vista familiar como del político), y su claridad de ideas. Lo otro hubiera sido como renunciar a lo que ya había conseguido en las Vistas de Guisando: ser la heredera del trono de Castilla.

Añadamos que todo salió a la perfección, con el matrimonio celebrado en Valladolid en octubre de 1469, oficiado nada menos que por el prelado Carrillo, arzobispo de Toledo. Claro que ello trajo consigo el que Enrique IV reaccionara violentamente, dando por nulos los acuerdos de Guisando, y acusando a Isabel de haberlos quebrantado.

Pero tardó demasiado en hacerlo –en torno al año–, como si no estuviera demasiado convencido de la razón que le asistía. De hecho, Isabel pudo replicarle con ingenio, en su famoso manifiesto de ?47?, que circuló por toda Castilla. ¿Acaso no había sido el propio rey, el mismo Enrique IV, el primero en romper lo pactado, negociando a espaldas de la princesa su boda con el monarca portugués? Y de esa forma, no sin fina ironía, concluía Isabel: “... por manera que yo no era obligada a guardar nada de lo prometido...”.

Añadiendo la nota irónica que dejaba en ridículo al rey, poniendo al descubierto su oscura trama: “... si agora no hay algunas leyes nuevas que apremien a que se guarde la fe a los quebrantadores della...”. (8)

Eso sí, consciente de que pisaba un terreno resbaladizo, en cuanto a la bula falsa empleada en su boda, soslaya hábilmente la cuestión, arguyendo que de aquello el rey no era quién para juzgarla: “... a esto non conviene respuesta, pues su señoría non es juez deste caso...”. (9)

Asalto al poder. De esta forma, la entonces princesa Isabel salió airosa del enfrentamiento con su hermanastro. Y lo cierto es que, con algunos vaivenes, logró restablecer una relación cordial. Y aunque algún miembro de la alta nobleza que se le mostraba hostil, como el marqués de Villena, intentó enturbiar el ambiente, al final los acontecimientos se precipitaron. La muerte sorprendió tanto al marqués de Villena como a Enrique IV e Isabel pudo proclamarse reina de Castilla. Sería en Segovia y en la jornada del 13 de diciembre de 1474. Daría comienzo, entonces, el tercer asalto y decisivo para la conquista del poder.

Porque no pocos esperaban que fuese la oportunidad de Fernando, su marido. Pero Isabel lo tenía muy claro. Practicando una vez más la política de los hechos consumados, no dejó pasar la oportunidad que le brindaba el que a Fernando la muerte de Enrique le cogiera desprevenido en tierras de Aragón.

De forma que Isabel pudo imponer su decisión, bien apoyada por algunos miembros de la alta nobleza que estaban con ella. Enrique IV había muerto en el viejo alcázar madrileño. Isabel se hallaba entonces en Segovia, adonde le llevó la noticia un correo despachado a uña de caballo. E inmediatamente, tras de celebrar las exequias fúnebres en memoria de su hermanastro Enrique IV, ordenó su proclamación como nueva reina de Castilla. No se olvida, ciertamente, de su marido Fernando. Pero ella quiere aparecer en primer término, como la nueva reina de Castilla. De modo que la proclamación vendría a su favor: “... como a reina y señora natural nuestra e de aquestos regnos de Castilla...”.

¿Se olvidaba Isabel de su marido? No, ciertamente; pero mencionándolo en segundo lugar. De forma que la proclamación de Isabel como reina terminaba de esta forma: “... Con el rey don Fernando, su legítimo marido...”. (10)
¿Ya estaba todo resuelto? ¡No! Porque había alguien que podía protestar y que lo haría: el mismo rey Fernando.

En efecto, Fernando se creyó postergado e incluso sospechó que su mujer se había aprovechado de su ausencia para marcar su protagonismo. ¡Incluso, un noble, Gutierre de Cárdenas, había llevado delante de ella una espada desnuda! ¡Y la espada era el símbolo de quien administraba la justicia!

Fernando acusaría el golpe. Entre los suyos se lamentaría: que alguien le aclarase lo que consideraba como un agravio, puesto que a él, que era el rey y el marido, se le apartaba de las funciones tradicionalmente vinculadas al hombre: “Quisiera que me dijéseis –sería su lamento ante los suyos– si hay en la antigüedad algún antecedente de una reina que se haya hecho preceder de ese símbolo, la espada, amenaza de castigo para sus vasallos”.

¿No suponía eso una sospechosa novedad? Tal creía Fernando, de forma que añadiría: “Todos sabemos que se concedió a los Reyes; pero nunca supe de Reina que hubiese usurpado este varonil atributo”. (11)

¡Menudo conflicto! Un conflicto que estaba en el ambiente en el mismo aire que se respiraba. Y hasta tal punto que un contemporáneo, hombre muy vinculado a la Corte, exclamaría alarmado: “Pues es cierto que el Reino no recibe muchos reyes y el reinar no comporta compañía”. (12)

Y es cuando vemos intervenir otra vez a Isabel, con la firmeza y la habilidad que le caracterizaban. Recibió con los mayores honores a Fernando en Segovia y le hizo ver que, aunque las normas fueran las normas y las leyes del reino eran las que le hacían reina soberana de Castilla, mientras ella viviera, Fernando sería el rey, porque no en vano era su marido: “... Todavía vos, como mi marido, sois rey de Castilla, e se ha de facer en ella lo que madáredes”. (13)

Ya sólo faltaba que un documento, debidamente firmado, dejase zanjada la cuestión. Y eso es lo que la Historia conoce con el nombre de La Concordia de Segovia; una concordia que marcaría una paridad en el gobierno entre ambos cónyuges.

Sería lo que el pueblo concretaría en una frase que, aunque desvirtuando sus orígenes, vendría a reflejar con bastante exactitud la realidad del momento: “Isabel como Fernando, tanto monta, monta tanto”.

Ya estaba el asalto al poder consumado. Ya Isabel había logrado su anhelado objetivo, tras de aquellas tres espectaculares escaladas: la primera, la de ser reconocida princesa heredera, dejando atrás su condición secundaria de mera infanta de Castilla; la segunda, la de su matrimonio a contrapelo de lo que pretendía y maquinaba el rey Enrique IV; su matrimonio con el príncipe Fernando, un adolescente como ella –en realidad, Isabel le llevaba un año–, que la había de tratar como su igual, aportando cada uno, como lo hacían, una corona: Isabel la de Castilla y Fernando la de Aragón. Y por último, aquel forcejeo, ya en el trono, para que nadie pusiese en duda, y menos su propio marido, que ella era la reina propietaria de Castilla.

Y eso era muy importante, porque suponía una armonía en la cumbre, una armonía entre los dos cónyuges que iba a tener su espectacular reflejo mucho más allá de la buena convivencia familiar (truncada, todo hay que decirlo, en los últimos años por las infidelidades de Fernando y por los celos de la reina), propiciando un fantástico despliegue de las grandes empresas de Estado, como nadie hubiera sido capaz de pensar 20 años antes: la victoria en la guerra civil con el añadido de la paz con Portugal, que sería uno de los ejes diamantinos de la política exterior española durante más de un siglo; la pacificación de aquella Castilla tan revuelta por las bandas señoriales, hasta el punto de que cualquier pobrecillo –como dirían los cronistas– podría pedir justicia frente a los caballeros y alcanzarla, cuando suya era la razón. Y, sobre todo, la gran empresa de Granada, la increíble, la fantástica acometida al reino nazarí granadino, que suponía lo impensable: que al fin, tras tantos siglos de combatir al islam, toda España fuera una nación más de la cristiandad, con lo que se haría más y más europea.

Herencia. Es cierto que aquella larga guerra por Granada, con su signo de guerra santa, exacerbaría los sentimientos religiosos, lo que traería una penosa consecuencia: la implantación de la dura y cruel Inquisición, que pondría una sombra en aquella sociedad, y que dejaría una penosa herencia a las siguientes generaciones; todo ello entre el siniestro resplandor de las hogueras contra los conversos acusados de judaizar y con el penoso colofón de la expulsión de los judíos.

Eso ocurriría, como es tan sabido, en el año 1492, precisamente el mismo año en el que Cristóbal Colón, gracias al apoyo de Isabel, dio el gran salto en el océano, logrando la magna aventura del descubrimiento de América.

Y de esa forma, aquel año que había empezado jubilosamente con la toma de Granada, pero que parecía convertirse en un annun horribilis, con la expulsión de los judíos, acabó siendo, en verdad, el annus mirabilis, gracias a la gran hazaña colombina, en la que tanta parte había tenido la reina Isabel.

Asombroso resultado. Y todo ello incubado en aquella firme escalada al poder de aquella joven infanta, casi una niña, que a los 17 años se empeñó en convertirse en la reina propietaria de Castilla.

Podrían cronistas e historiadores poner en duda sus derechos a reinar, sus derechos a dejar de ser una mera infanta, sin otra proyección en el quehacer político. Pero ella demostraría, de forma harto elocuente, que sí que había nacido para reinar.

Para reinar y para hacer grandes cosas en su reinado.

De ese modo, Isabel se convertiría en uno de los personajes más importantes, si no el primero, de la Historia de España.

(1) Fernando del Pulgar: “Claros varones de Castilla”, Ed. Crítica de J. Domínguez Bordona. Clásicos Castellanos (Espasa-Calpe), 1954, pág. 149.

(2) Diego de Valera: “Crónica de los Reyes Católicos”, Ed. Crítica de Juan de Mata Carriazo. 1927, pág. 47.

(3) Cit. por J.V.L. Brans: “Isabel la Católica y el arte hispano-flamenco”, (Ed. Cultura Hispánica, 1952, pág. 80.

(4) Ibídem, pág. 89.

(55, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12, 13) Ver mi estudio: Isabel la Católica. Espasa-Forum, 2004 (4ª ed.)

Manuel Fernández Álvarez es escritor, historiador y miembro de la Real Academia de la Historia. Su último libro publicado es “Isabel la Católica” (Ed. Espasa-Forum, 2004).

100 años de su muerte

Isabel II, la cantante maltratada

Fue descalificada y considerada responsable de todos los males que ocurrieron en España durante su reinado. Sin embargo, la mayoría de estas desgracias tiene su origen en un matrimonio desdichado. Isabel se casó a los 16 años y en contra de sus deseos con un hombre con quien no tenía nada en común.

María Teresa Álvarez

El 9 de abril de 1904 moría en París doña Isabel II. Con mayor o menor despliegue informativo toda la prensa española se hizo eco de la noticia. Entre las crónicas, comentarios y perfiles póstumos de la soberana, destacan dos textos. Benito Pérez Galdós escribía: “Fue generosa, hizo todo el bien que pudo en la concesión de mercedes y beneficios materiales, se reveló por un altruismo desenfrenado, y llevaba en el fondo de su espíritu un germen de compasión impulsiva en cierto modo relacionado con la idea socialista, porque de él procedía su afán de repartir todos los bienes de que podía disponer y de acudir a donde quiera que una necesidad grande o pequeña la llamaba. Era una gran revolucionaria inconsciente que hubiera repartido los tesoros del mundo si en su mano los tuviera”.

El periodista Luis Bonafoux, el mismo que acusó a Clarín de plagiario por La Regenta, corresponsal entonces de El Heraldo en la capital francesa, calificaba de error profundo atribuir a la reina Victoria I de Inglaterra las glorias de su reinado y a Isabel II las desdichas del suyo. Bonafoux pensaba que lo que había separado y distinguido los destinos de las dos reinas fue primeramente el acierto del matrimonio de Victoria I y el error inmenso del matrimonio de Isabel II.

Dos enfoques sobre la personalidad de la reina Isabel un tanto sorprendentes, cuando lo habitual siempre fue descalificarla y considerarla responsable de todos los males ocurridos en España durante los 25 años de su reinado. Ni Pérez Galdós ni Bonafoux son en absoluto sospechosos por sus inclinaciones monárquicas. Los dos conocieron a Isabel II y los dos vivieron los avatares de aquel tiempo. Sus opiniones nos invitan a profundizar en ellas.

Bonafoux habla del error del casamiento de la reina. Nadie duda hoy que en el matrimonio de Isabel II con su primo Francisco de Asís estuvo el origen de la mayoría de los males que aquejaron el reinado. Qué distinta habría sido la vida de la reina si la hubieran casado con Enrique el hermano de Francisco o con cualquiera de los otros candidatos. Pero Francisco era el que menos rechazo producía en las distintas cortes europeas y el preferido del rey de Francia, Luis Felipe, que al no poder casar a su hijo, el duque de Montpensier, con Isabel, se inclinaba por el candidato que menos aseguraba la maternidad de la soberana. El monarca francés propuso entonces a la madre de la reina el matrimonio de su otra hija, la infanta Luisa Fernanda, con Montpensier pero exigió que el mismo día y a la misma hora se celebrase el matrimonio de la reina Isabel con Francisco de Asís.

Isabel no quería casarse con su primo. Amenazó con meterse en el convento, con renunciar al trono. Al final la convencieron entre todos aunque se cuenta que en la misma ceremonia su madre hubo de pellizcarla para arrancarle el “sí quiero”.

El mismo día que cumplía 16 años, el 10 de octubre de 1846, Isabel II se casó con la persona menos adecuada. Era una joven que estaba deseando vivir y ser feliz. El futuro al lado de Francisco de Asís no podía depararle más que frustraciones.

El matrimonio no sólo determinó la vida personal de la reina sino su vida política.

Con el rey consorte llegaron a la corte personas como sor Patrocinio o el padre Fulgencio que tanto habrían de influir –y de forma negativa– en las decisiones reales.

La amistad con estos personajes no ayudó a doña Isabel, más bien todo lo contrario. En este punto conviene hacer una matización: no se debe incluir en el mismo grupo al padre Claret, que nada tenía que ver ni con el padre Fulgencio ni con sor Patrocinio. Incluso podemos afirmar que el confesor de la reina no gozaba de la simpatía de la llamada monja de las llagas, que insistentemente intentó convencer a doña Isabel para que no eligiera a Antonio María Claret como confesor. Pero doña Isabel lo tenía muy claro y siempre decía: “El confesor y el médico han de ser a gusto del paciente”.

Las supuestas previsiones del monarca francés empezaron a cumplirse. Doña Isabel tardó en quedarse embarazada y sus dos primeros hijos murieron, uno al nacer y el otro a las pocas horas. Mientras, su hermana y Montpensier ya tenían descendencia. Cuando en ?85? nace la infanta Isabel, que pasaría a la Historia como la Chata, se desatan las especulaciones y comentarios. La mayoría atribuye la paternidad de la niña a uno de los supuestos amantes de la reina, Ruiz de Arana. Esto irá sucediendo cada vez que doña Isabel tenga un hijo que logre sobrevivir; se adjudicarán las paternidades.

Que doña Isabel tuvo amantes es algo que nadie duda, pero también es necesario recordar que en su desgraciado matrimonio estuvo, probablemente, la causa de su comportamiento. Pensemos por un momento: ¿qué hubiese sucedido y cuál habría sido el comportamiento de la corte si el titular de la Corona fuera un hombre y la mujer con quien le casan no puede tener hijos? ¿Se habrían buscado soluciones? Isabel no contó con la ayuda de nadie. Todo lo contrario. Ella sola tuvo que encontrar los remedios para asegurarse el trono. En este sentido nunca existió mayor seguridad sobre la legitimidad de los herederos a la Corona que con los hijos de doña Isabel II. Eran sus hijos, eso nadie podía dudarlo y ella la titular de la Corona.

Sin ser guapa, Isabel era una mujer de rostro y aspecto agraciado. De porte verdaderamente regio. Dicen que no se la podía mirar sin sentir la poderosa sugestión de sus ojos. La reina era muy aficionada a la música, poseía una espléndida y educada voz de soprano con la que pudo haberse ganado la vida como cantante. También tocaba bastante bien el piano. La música será una de sus mayores aficiones. Y las veladas musicales, una constante en su vida.

Cuentan que la reina cantaba en los salones de palacio, en casas de confianza, y alguna vez en camerinos de teatro. No era una gran lectora y entre sus lecturas preferidas figuraban Las aventuras de Rocambole, de Ponson du Terrail. Isabel frecuentemente se mezclaba con la gente del pueblo y era muy habitual verla pasear sola llevando las riendas de un tílburi entre el público. Le gustaba asistir disfrazada a los bailes de máscaras. Bailaba muy bien y nunca se cansaba. Todo lo contrario que su esposo, Francisco de Asís no bailaba. Eran dos personas muy diferentes y no tenían nada en común.

Al mirar las distintas fotografías de la reina y observar la expresión de sus ojos resulta difícil entender la afirmación de Sánchez Albornoz cuando decía: “Isabel II nunca fue mayor de edad, aunque murió abuela”. Cuesta entenderla porque los ojos de la reina no son los de una inconsciente ni los de una niña, sino los de una persona que ha sufrido y que no ha sido feliz. Tal vez doña Isabel se resintió siempre de una infancia bastante complicada.

Infancia. Huérfana de padre a los tres años. Doña Isabel fue una niña sola que nunca gozó del cariño de unos padres. Se dijo que su madre nunca la quiso. Sorprende esa falta de amor y hay quien trató de explicarla apuntando a lo traumática que pudo haber sido su concepción. Se decía que la presencia de Fernando VII en la intimidad de la alcoba resultaba enormemente desagradable.

Educada por extraños, la mayoría de las veces poco recomendables, Isabel creció en un ambiente totalmente inapropiado para una jovencita. Hubo algunas personas que sí pudieron haber influido positivamente en ella, aunque en honor a la verdad hemos de decir que tanto la marquesa de Santa Cruz como la condesa de Espoz y Mina o la marquesa de Bélgica, que estuvieron cerca de la soberana como camareras mayores y ayas, presionadas por los intereses de los gobiernos de turno, según el matiz político de cada ejecutivo, no fueron libres para ejercer su trabajo, lo que las llevaba a tener una presencia itinerante al lado de la reina.

Uno de sus preceptores y su primer presidente de Gobierno, Salustiano Olózaga fue un deplorable ejemplo para la joven soberana. Independientemente de que hubieran mantenido relaciones íntimas, extremo que nadie puede asegurar, sí podemos afirmar que al día siguiente de proclamarla reina, Olózaga le pidió que firmara la disolución de las Cortes. No era aquél un buen ejemplo, pero era su preceptor quien se lo pedía.

Se ha dicho que doña Isabel fue la causante de los fracasos de las revoluciones liberales. La que puso trabas al Gobierno de los progresistas, la que impidió la consolidación del estado liberal. Pero no todos los historiadores están de acuerdo. Según declaraciones de Carlos Dardé, en el reinado de Isabel II hubo tres grandes proyectos políticos: los representados por el partido progresista, el partido moderado y la Unión Liberal. Isabel II no fue responsable del fracaso de estos proyectos que sucumbieron por la lucha interna de los propios partidos.

¿Fue también la reina la causante de la presencia del estamento militar en el Gobierno o más bien fue debido a la falta de consistencia de los propios partidos? En opinión de Vicente Palacio, fue la burguesía liberal española quien se lanzó al asalto del poder y al encontrarse sin fuerzas para sostenerse frente a la mayoría no liberal del país, decidió pedir al Ejército su apoyo. Según Palacio, lo que hizo el Ejército fue sustituir aquella débil burguesía y asumir la dirección política de España hasta 1868.

En cuanto a la generosidad de la reina a la que alude Galdós, se puede afirmar que doña Isabel poseía un corazón compasivo y bondadoso. Un corazón que no se quedaba indiferente ante el dolor ajeno. La reina era incapaz de odiar e incluso llegó a disculpar a sus enemigos. Conocía el valor del perdón y no dudaba en aplicarlo ni tampoco en solicitarlo cuando se equivocaba, aunque es posible que ninguna de estas virtudes fueran muy apropiadas y convenientes para un gobernante.

Su generosidad la demuestra cuando en ?865 dona al Estado español todos los cuadros, heredados de sus antepasados, y que hoy integran los fondos más importantes del Museo de El Prado. O cuando después de cruzar la frontera hacia el exilio tiene que vender sus joyas para hacer frente a los gastos estipulados en la separación que su esposo le exigió. Francisco de Asís no quería seguir viviendo a su lado, y le reclamó una pensión que, sin duda, legalmente le correspondía.

Discriminada. Es verdad que doña Isabel no fue una buena reina, pero no contó con ninguna ayuda para serlo. Y lo que ciertamente resulta evidente es que por ser mujer recibió un trato discriminatorio de la Historia, porque es muy injusto que a la hora de evaluar su reinado se diga que fue malo porque la titular de la Corona tuvo supuestamente muchos amantes. Es injusto y discriminatorio, ya que a la hora de enjuiciar cualquier otro reinado no se aplica el mismo criterio.

Y no se aplica debido a que las normas por las que debían regirse los comportamientos masculinos y femeninos eran distintos. Por ello se puede afirmar que si Isabel no siempre se comportó como una mujer honesta, siempre lo hizo como un hombre honrado. Además, no debemos olvidar que Isabel fue la primera en reinar en España de acuerdo con una Constitución.

El embajador de España en París en 1904, año en que falleció doña Isabel, solía decir que después de haber escuchado a la reina, muchas veces sintió deseos de no volver a leer la Historia. León y Castillo decía también que la figura de doña Isabel crecería en la Historia porque hasta entonces no había sido juzgada más que por las pasiones de su tiempo.

Recientemente, Gonzalo Anes, presidente de la Real Academia de la Historia, ha dicho que Isabel II ha sido maltratada por la Historia y de forma especial por los novelistas. Unas opiniones muy dignas de tenerse en cuenta para juzgar la figura de la reina Isabel II.

María Teresa Álvarez es periodista y autora, entre otros, del libro “Isabel II. Melodía de un recuerdo” ( Ed. Martínez Roca, 2001).

Estilismo: Alberto Color. Maquillaje y peluquería: Pablo Morillas para Talens. Fotografía de Isabel la Católica: Mateos Atrezzo (cetro), Durán joyeros (silla y libro), Villanueva y Laiseca joyeros (concha y cruz). Fotografía de Isabel II: Villanueva y Laiseca (medalla de la Orden de Isabel la Católica y medalla de la Orden de Carlos III) y Durán (pulseras de perlas japonesas, broche de ópalos y pendientes en perlas australianas).

Las reinas son... Amparo Baró

A.R.

Para una actriz que ha representado a Cervantes, Lope y Calderón, entre otros muchos, vestir estos ropajes no es cosa nueva. De ahí que no extrañe el porte majestuoso ni que el cetro de mando le siente como anillo al dedo. A pesar de ello, Amparo Baró (Barcelona, 1937) se identifica más bien poco con Isabel la Católica: “No soy una mujer de armas tomar. Tengo carácter e intento que se vea más fuerte de lo que es, porque así me defiendo de mis timideces”. Y menos aún con las pasiones de Isabel II: “Tampoco. No sabría muy bien cómo definirme, la verdad. Supongo que soy como los demás me ven, no como yo imagino que soy”. Se confiesa más juancarlista que monárquica y desde luego tiene claro que no envidia el papel de estas grandes mujeres de la Historia. “No iban nada cómodas... y toda esa gran responsabilidad. Es muy duro verte obligada, por nacimiento o por otra cosa, a tener que reinar. Me parece admirable y en mi mente no cabe pensar que hayan podido ser absolutamente felices”. Al menos, no tanto como lo ha sido ella en sus más de 40 años de profesión. Y en ello sigue, revitalizada gracias al personaje de Sole en “Siete vidas”. Reconoce que aceptó el papel por puro egoísmo, “porque todo el equipo es muy joven. A ver si se me pega algo o, por lo menos, mi cabeza sigue estando en el mundo de ahora”. De eso hace 155 capítulos (no se ha perdido ni uno) y muchas carcajadas de las de verdad (“ninguna de lata”), “culpa” de los guionistas, a los que ella atribuye el éxito de la serie. Tan popular es Sole que más de una vez le han pedido una de sus famosas collejas en vez de un autógrafo. ¿Y cuál de las Isabeles se merecería más una? “Ninguna. Yo con la realeza no me atrevería, y Sole ni la miraría”.

 

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